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Treasure Adventure Game: un sombrero, un loro y un barco que brota del agua

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El mundo que Stephen Orlando levantó él solo premia a quien explora con calma, y se cuelga justo cuando la aventura debería despegar.

Una isla que quedó de una guerra entre un mago y un demonio

Un sombrero, un loro y un barco que aparece en cuanto los pies tocan el agua: ese es el inventario completo del chico al que guías en Treasure Adventure Game. Llega a una isla que es lo que quedó de un continente hecho pedazos en una antigua guerra entre un mago y un demonio, y desde ahí se lanza a aceptar encargos, cruzar océanos y desenterrar tesoros con las herramientas más básicas de un plataformas: saltar, agacharse, volver a intentarlo.

El escenario cambia de estación y de hora del día sin avisar, y quienes lo habitan tienen su propia rutina: no se quedan quietos esperando el siguiente diálogo. La banda sonora, firmada por Robert Ellis, acompaña ese vaivén: cambia cuando el día se hace noche y cuando un mapa da paso a otro, y le da un aire propio a cada rincón del océano. Todo esto salió de una sola cabeza: Stephen Orlando dedicó más de dos años a construir el juego en solitario, desde el primer mapa hasta el último rompecabezas.

La comparación que se repite: Cave Story, La Mulana, Spelunky

Quien disfruta del juego ve en él una continuación directa de un puñado de clásicos independientes: la comparación que más se repite es con Cave Story, La Mulana y Spelunky, y quien menciona ese trío asegura que Treasure Adventure Game se merece un lugar junto a ellos. No recibes un mapa marcado ni una flecha que señale el siguiente paso: explorar es la recompensa, no un estorbo entre tú y la próxima misión. El elogio central no es el aspecto retro ni la música, sino esa libertad de andar perdido hasta que la solución cobra sentido por sí sola.

Un jugador que llegó al buen final tras 48 horas, en 2020, contó que seguía dándole vueltas al juego mucho después de haberlo terminado. Pero incluso quien lo recomienda sin reservas admite el precio: pasados unos meses de uso, empieza a colgarse a menudo y el mando deja de reconocerse sin motivo aparente, una queja que sale del propio grupo de seguidores y no de quien llegó con recelo.

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El cuelgue que llega justo cuando aparece el barco

La objeción más grave no tiene que ver con el diseño: es técnica y aparece pronto. Cruzas la primera playa, el barco surge por primera vez… y la pantalla se congela y te devuelve directo a Windows. Otros testimonios describen fotogramas perdidos que impiden pulsar un botón a tiempo, pantallas en blanco al abrir el juego y, en un relato de 2019, un menú que deja mover el cursor pero no confirma nada, y bloquea la entrada antes de la primera isla.

Superada la barrera técnica, la queja cambia de tono. Un análisis de 2025 tacha el humor del equipo de forzado y cansino al cabo de unas horas, y se lamenta de un argumento confuso imposible de seguir sin consultar guías externas. El mismo texto observa que la dificultad pega un salto brusco tras media hora de juego, sin previo aviso. Aun así, entre quienes se pronunciaron sobre el juego, aprobar fue la norma y discrepar, la excepción. Quien suma estos fallos recuerda, sin decirlo con todas las letras, que detrás del mapa entero había una sola persona, sin un equipo de pruebas que revisara el código antes de publicarlo.

Merece la pena si estás dispuesto a arreglar el juego para poder jugarlo

Va bien para quien esté dispuesto a meterse en un juego de exploración a la vieja usanza sabiendo que, en algún momento, tendrá que salir del juego para ajustar algo en el sistema. Un jugador contó que solo resolvió un cuelgue después de ejecutar el juego en modo de compatibilidad con Windows XP, en un ordenador con Windows 7. Si te gusta rebuscar en cada rincón de un mundo sin nada señalado en el mapa y no te importa tropezar por el camino, la travesía compensa.

Para quien quiere sentarse a jugar sin parar a arreglar nada, no es la elección adecuada: la misma isla que abre todo un mundo por explorar es capaz de cerrar la puerta justo en la entrada, sin avisar y sin culpa de quien juega.